León Benavente (Camp Nou, 25/07/20)

León Benavente (Foto: Cruïlla)

“No son leones, pero saben rugir.” Este verso de “Cuatro monos”, segunda canción del concierto y primera de Vamos a volvernos locos (Warner, 2019), el tercer disco de León Benavente, es una reivindicación del grupo no-liderado (porque no hay liderazgo, sino camaradería) por Abraham Boba (voces, teclados y percusión), Eduardo Baos (bajo y teclados), César Verdú (batería) y Luis Rodríguez (guitarra). Reivindicación de un grupo del que no podemos decir que sea innovador ni que la sutileza los defina; pero ni siquiera lo pretenden, y así es como se presentan: a pecho descubierto, a tumba abierta, a no tomar rehenes. En estos ocho años han sabido eludir la etiqueta de supergrupo, han cimentado el sonido y han creado un colectivo indie supernatural: cuatro magos, más que monos, licenciados en una especie de Hogwarts musical por la rama del krautrock pop, que giran por festivales al calor de un público que forma parte consustancial de esa magia. ¿Hechizos para cuarentones? Bueno, ese puede ser su punto de vista, señor presidente, que se dedica a parcelar el hecho musical con herramientas de mercadotecnia. Y no es que no haya motivos: puede que estemos apostando a caballo ganador, pero en este espacio mágico a salvo de voldemorts y de lenores, la comunión cuatro monos – ochocientos asistentes acabó más bien como un baile de graduación, exorcizando demonios, saltando, bailando y sudando en la noche cálida de Barcelona, dentro del ciclo ‘Cruïlla XXS‘. ¿Indulgente? Con toda esa carne puesta en el asador, es difícil de creer. En un entorno tan ajeno y tan paradigmático como puede ser el Camp Nou para un concierto indie (“jamás pensamos tocar en este estadio, aunque nos gustaría que hubiese sido en otras circunstancias”), y a pesar del parón coronavírico, demostraron que la apisonadora León Benavente seguía bien engrasada y que iban a aplastar cualquier conato de disidencia que aflorase en la grada sur.

León Benavente (Foto: Cruïlla)

Siempre hacia delante, como la canción con la que abrieron el concierto, una celebración de la vuelta a los escenarios (que no a la normalidad) vertebrado a partir del preciso y contundente engranaje rítmico de Baos y Verdú, condujo a la primera tríada de Vamos a volvernos locos: “Cuatro monos”, “Amo” y “Como la piedra que flota”, que fueron caldeando la tarde bochornosa de la Ciutat Comtal con versos de una cotidianidad urbana y decadente antes de abordar “La ribera”, una de las canciones más celebradas de 2 (Warner, 2016) y que consiguió que los primeros valientes (acongojados todos aún con las nuevas restricciones que entraban en vigor ese día en el área metropolitana de Barcelona) se levantasen y bailasen.

“Habitación 615” es otra canción autorreferencial en la que se cuestionan de nuevo como grupo, como individuos en esta sociedad, la presión de la industria musical, el hecho musical en sí y cómo abordarlo. Es una respuesta a quienes buscan en sus letras y su actitud una posición (o falta de posición) política, cuando vivir ya es un acto político. Y también una llamada a la acción, a reflexionar sobre el papel que jugamos en nuestro entorno. Proclamas no muy metafóricas, pero efectivas impulsado por un ritmo más funky, bajando un poco el ritmo pero aumentando la intensidad, con un Boba enfundado por un momento en el papel de rockstar y ya pasado el ecuador del primer tramo del concierto.

León Benavente (Foto: Cruïlla)

“Mano de santo” redujo un poco las revoluciones (metronómicas y políticas) antes del primer hit: “Estado provisional”, donde los zarpazos de la guitarra de Luis Rodríguez acapararon mayor protagonismo. Después de “Tu vida en directo”, el momento en que, por fin, se presentaron y agradecieron al público el esfuerzo para salir y divertirse, siempre cuidándose y cumpliendo con la distancia social, en su primer concierto de la nueva normalidad que les sabía como si fuese el primer concierto de su carrera. A partir de aquí, después de las “baladas que hemos tocado hasta ahora”, el grupo fue apretando progresivamente de pistonada. “Ánimo, valiente” arrancó las primeras mascarillas a base de coros, de nuevo con ese discurso directo proferido con la potencia infinita de Abraham Boba.

Si alguna estampa quedará en la memoria, aparte de los saltos y los bailes en el metro cuadrado asignado, es la cara de felicidad de los leones, cada vez más a gusto a medida que iban desgranando, uno tras otros, los pelotazos; el pelazo de Boba balanceándose al compás de bajo y teclados y gritando de felicidad a Baos durante “No hay miedo”, con ese contratiempo prosódico tan adictivo; los viajes de Boba al set de percusión, añadiendo cuchilladas a la cosechadora rítmica.

León Benavente (Foto: Cruïlla)

Potencia y sonido prístino, un derroche de técnica y de producción que ya se lanzó a tumba abierta a partir de “Tipo D” (y la ironía sobre ese grupo que quiere hacer un hit) y que recaló en las heridas con “La canción del daño”, con esa querencia tan Nacho Vegas, para rematar con “Ayer salí” y, tras los bises, las esperadas “Ser brigada” y “Gloria”, con un grupo eufórico y pletórico.

Con ese balance entre el sonido entre orfebre e industrial, y el inconformismo artístico y personal que, a veces, parece caer en un cierto conformismo, no se les puede negar es la pegada y la actitud honesta hacia el público, el compromiso con la calidad y una puesta en escena que demuestra que, con talento, no hacen falta pirotecnias.

León Benavente (Foto: Cruïlla)
Escrito por

Letraherido y juntaletras. Físico de titulación que ejerce (poco) en una editorial de género fantástico. Me caí en un caldero de britpop ya de mayorcito y desde entonces le doy a todos los palos del indie y de más allá. Flamenquito lover. Sé bailar sevillanas. En mi epitafio pondrá “Esta noche no iba a salir”. Common people like you.

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