Reseña: ‘Trainwreck. Woodstock ’99’

Woodstock '99

Estamos aprovechando el tiempo de relax del verano para leer libros musicales (‘Aquí Vivía Yo‘, ‘Besos de Alambre de Espino: la Historia de Jesus And Mary Chain‘, ‘Bobby Gillespie. Un Chaval Del Barrio‘…), o también para ver series o documentales. Y, claro, algunos de ellos, son musicales. El último de ellos nos ha calado tanto que hemos querido compartir algunas reflexiones sobre el mismo. Hablamos de ‘Trainwreck. Woodstock ’99‘, la serie sobre la caótica reedición, en 1999, del mítico festival celebrado en 1969 que acabó siendo uno de los grandes hitos del movimiento hippie.

WOODSTOCK 1969

Tod@s hemos visto imágenes sobre Woodstock ’69 y hemos oído hablar de aquél macroevento en centenares de ocasiones: fue entre el 15 y el 18 de agosto (unos pocos días después, por cierto, de la masacre de la familia Manson en la mansión de Roman Polanski en que murió Sharon Tate, y que este martes cumplió 53 años), en una localidad del estado de Nueva York llamada Bethel. En el festival tocaron mitos del rock como The Who, Jimi Hendrix, Janis Joplin, la Creedence Clearwater Revival, Joe Cocker… y resultó un evento que iba mucho más allá de lo musical: fue el grito de toda una generación en contra del sistema capitalista, la guerra de Vietnam o cualquier tipo de violencia, y a favor del pacifismo, los derechos civiles o el amor libre. Quizás podríamos decir también que fue el momento en que la contracultura se convirtió en mainstream, como ha ido pasando una y otra vez en la historia de la cultura en la voraz sociedad capitalista que todo lo devora y lo domestica. Cerca de medio millón de personas se unieron bajo el lema del “paz y amor” (dicen que 250.000 más se quedaron fuera), y el festival fue una enorme fiesta de música, drogas, sexo, barro y, según cuentan, con un sentimiento de comunidad y amor al prójimo que en nuestra sociedad actual costarían bastante de creer. Aunque, a decir verdad, también es cierto que el evento se ha mitificado muchísimo y en el relato oficial que ha ido calando en las generaciones posteriores se han obviado los numerosos incidentes, caos logístico y las muertes que allí sucedieron.

WOODSTOCK 1999

Woodstock ’99: rabia, vandalismo y mierda

En las décadas posteriores, se hicieron unas cuantas réplicas del festival de manera espontánea, y en los 90, hubo dos de manera organizada: la de los 25 años, en 1994, y la del 30 aniversario, entre el 22 y el 25 de julio de 1999 en Rome, en una antigua base militar a unos 150 kms de la ubicación original. Ésta es la que centra la mirada del documental, de manera realmente interesante y adictiva, en un formato de 3 capítulos (uno por cada día ‘grande’ del festival, ya que obvian la jornada inicial del jueves). Para intentar no hacer spoilers (es complicado), simplemente diremos que lo que tenía que convertirse en una celebración musical pacífica y un homenaje al espíritu original del festival, 30 años después, acabó convirtiéndose en un terrorífico caos donde reinaron, por una parte, la violencia, las agresiones sexuales, el vandalismo, el calor infernal, unas condiciones de salubridad de mierda (literalmente…) y diversas muertes; y por otra, lo que fue el caldo de cultivo que propició todo lo que acabo de citar: la avaricia sin escrúpulos de unos promotores del evento que abusaron y maltrataron sistemáticamente a sus asistentes, encendiendo la mecha con la que todo iba a arder (y no hablo sólo metafóricamente…).

John Scher y Michael Lang, en Woodstock ’99

Hay varias cosas que me resultan especialmente interesantes del documental: una, el simbolismo del cierre del círculo iniciado 3 décadas antes, y que desemboca en el final de unas utopías hippies aquí representadas por el mismo Michael Lang: él organizó Woodstock en el 69 con una perspectiva idealista y, seguramente, muy loable; y 30 años después acabó convirtiéndose en una alimaña más del capitalismo sin ética ni asunción de ningún tipo de responsabilidad. Él fue el primero en destrozar el espíritu idealista del festival, organizando una réplica que lo único que buscaba era sacar el máximo rendimiento económico, aunque fuera a costa de racanear en seguridad, servicios básicos y la salud de las entre 250.000 y 300.000 personas allí presentes (y ahí jugó un papel especialmente relevante el codicioso y rancio promotor John Scher).

¿Os suena de algo? Sí, seguro que tenéis algún festival a la vuelta de la esquina que hace lo mismo y os (nos) trata igual. Y ese es otro de los puntos que me resultan más interesantes: el documental provoca la reflexión acerca de los que estamos viviendo hoy en día en los macrofestivales de música. Y parece que, 53 años después de Woodstock, los macrofestivales contemporáneos no han aprendido nada de los errores flagrantes de entonces. Justo estos días leía un interesante artículo al respecto en El Salto acerca de los abusos y maltrato de algunos eventos musicales estatales hacia sus asistentes. No es nada nuevo que no hubiéramos vivido a finales de los 90 o principios de los 2000 en lugares como el Festival de Benicàssim o Isladencanta (con servicios miserables en cuestiones tan básicas como duchas, baños o zonas de acampada insalubres y nada acondicionadas para eventos así); pero lo triste es que, 30 años después, lo seguimos viviendo en eventos de tanta trayectoria y prestigio como el mismísimo Primavera Sound en esta última y caótica edición donde los servicios adecuados y la seguridad brillaron por su ausencia.

Caos en el Primavera Sound 2022 (Foto: Ignasi Trapero i Martínez)

La duda que me surge al respecto es: ¿podría llegar a pasar hoy en día algo similar a lo de Woodstock 99 en un festival estatal? Quizás no estaría tan mal que respondiéramos de una vez como colectivo ante los abusos de las grandes corporaciones (en este caso, de los festivales a los que poco importe la comodidad y la seguridad de los asistentes que gastamos considerables cantidades de dinero en abonos, bebidas, comida… a precios nada asequibles ni razonables). Pero quiero pensar que aquí seríamos capaces de hacerlo de otra forma más civilizada (estamos más anestesiados y domesticados, todo sea dicho…) que aquella gran masa de jóvenes blancos de clase media estadounidense que se sentían impunes y acabaron por mostrar la cara más oscura de aquella sociedad norteamericana post-Columbine; aunque recuerdo haber vivido algo parecido, a menor escala, en el Festimad 2001, cuando hubo graves altercados en el recinto y asaltos a las carpas de merchandising y servicios tras la cancelación a última hora de Limp Bizkit.

Fred Durst (Limp Bizkit), Woodstock ’99

¿He dicho Limp Bizkit? Vaya, qué casualidad… una vez más, intentando no chafaros la guitarra si no habéis visto el documental, sólo comentaré que jugaron un papel importante en todo lo que acabó sucediendo en Woodstock 1999. A nadie se le escapa que Fred Durst es un auténtico cretino y seguramente aquí fue bastante irresponsable (una vez más…), pero el documental también suscita la interesante cuestión de los chivos expiatorios para esconder las verdaderas causas de conflictos o tragedias. Y en eso la música siempre ha pillado bastante, especialmente cuando hablamos de bandas de sonidos agresivos (en este caso, las de nu-metal), o con planteamientos provocativos para destapar las miserias de la propia sociedad (por ejemplo, lo que ocurrió en su día con el más que lúcido Marilyn Manson). Y es que siempre será más fácil culpar a Pearl Jam y al video de ‘Jeremy’ de una matanza en un centro escolar que no ir a la raíz de todo y cuestionar que ciudadanos de a pie puedan tener armas en casa. El enorme poder del lobby armamentístico, ya sabéis… resultan especialmente interesantes las reflexiones de Jonathan Davis (Korn) sobre este tema, y también sobre el siguiente (y no menos importante) que quería comentar…

Y es que, para cerrar el círculo, hay que destacar también uno de los horrores más oscuros, execrables y denunciables que enseña el documental: las agresiones sexuales a muchas de las asistentes (incluyendo violaciones a menores), terriblemente normalizadas y aceptadas en un entorno en el que predominaba un público formado mayoritariamente por machitos universitarios blancos cabreados. No hay que olvidar que aquél era un momento en que el feminismo que pregonaban el grunge o las riot grlzzz de la primera mitad de los 90 había sido sustituído por anti-modelos de comportamiento tóxico como el antes citado Fred Durst, Kid Rock o personajes similares. Y, no nos engañemos, si hoy en día este problema sigue siendo dramático, imaginemos (o recordemos) cómo era 30 años atrás. Sea como sea, ese paso del “paz y amor” de Woodstock ’69 basado en el respeto a l@s demás, a la violencia y la agresión animal de Woodstock ’99 parece simbolizar a la perfección el fin del idealismo hippie que empezó ya en aquél terrible 1969 con los asesinatos de la familia Manson o la posterior tragedia de Altamont,  y el baño de terrible realidad de todas aquellas ingenuas utopías, 30 años después. Los jóvenes de finales del milenio no eran los mismos que los de finales de los ’60. Ni tampoco sus problemas, preocupaciones, valores o la música que escuchaban. Lo mismo que nos pasa ahora con los que escuchan trap, reguetón y similares, supongo…

Un buen complemento para completar la visión de esta historia es el documental disponible hace ya un tiempo en HBO ‘Woodstock 99: Peace, Love And Rage‘, con otras imágenes y testimonios que ayudan a tener una mayor perspectva de todo lo que pasó allí. Y a quienes toque, que tomen nota para darse cuenta de todo lo que están haciendo terriblemente mal, antes de que tengamos que lamentar futuros episodios similares.

Escrito por

Rarito como un tema de Sonic Youth; me excito con el ‘Psycho’ de los Sonics; si me cabreo, Pistols, RATM, riot grrrls o Los Punsetes; me ponen igual soul, r’n’b, ye-yé, garaje, punk, r’n’r, indie o brit-pop. De mayor quiero ser Patti Smith, Iggy o John Waters. Ateo hasta que conocí a PJ HARVEY. Fui negro en otra vida… y hago el impostor como periodista musical y deportivo en radio, TV, webs y revistas varias.

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