Dead Can Dance (Sala Barts,21/05/19)

Dead Can Dance (Foto: Albert Alcoz)

Dead Can Dance actuaron en Barcelona para festejar su existencia a lo largo de casi cuarenta años. Con el título ‘A Celebration – Life & Works 1980-2019‘ se anunció un tour europeo que recaló dos noches consecutivas en la sala BARTS. Como cabía suponer, teniendo en cuenta su intachable trayectoria, el halo de misterio que envuelve su propuesta y el prestigio que atesoran sus dos artífices, los australianos agotaron las entradas para ambas veladas. Residentes en Inglaterra desde inicios de los ochenta, cuando se adentraron en la industria musical de la mano del prestigioso sello 4AD, los Dead Can Dance son artífices de una de las carreras más emblemáticas de finales del siglo XX en el seno de la música pop más inquietante, colindante con las músicas tradicionales.

Dead Can Dance (Foto: Albert Alcoz)

Presenciar el directo de Lisa Gerrard y Brendan Perry es toda una recompensa para los oídos. Escuchar sus voces convenientemente amplificadas y percibir en vivo la sonoridad de una banda ecléctica compuesta por ocho músicos es un goce auditivo que debe atenderse plenamente. Inicialmente podría haber parecido que la gira servía para presentar el último disco Dyonisus –una maravilla configurada por dos temas de cerca de veinte minutos, divididos en diversos pasajes épicos cargados de instrumentaciones étnicas–, pero lo cierto es que el álbum publicado en 2018 tan solo fue recordado en una ocasión. Los cánticos femeninos, las percusiones polirítmicas y los griteríos corales de ‘Dance of Bacchantes’ sonaron esplendorosos. Aún así desde el inicio se intuyó que los momentos más significativos de su trayectoria iban a estar plenamente representados.

Dead Can Dance (Foto: Albert Alcoz)

Mientras intercalaba la guitarra Fender Telecaster con el bouzouki –un instrumento de cuerda ligeramente similar al laúd y la mandolina– Brendan Perry interpretaba algunas de las gemas de los años ochenta. ‘Anywhere Out of the World’, ‘Mesmerism’ y ‘Labour of Love’ fueron las tres primeras canciones de un directo conformado por una veintena de ellas. Con la cuarta –cantada ya por Lisa Gerrard– la emoción se apoderó de la sala. Ubicada en primer plano detrás de un salterio chino –un instrumento de cuerda percutida, también conocido como yangqin– la cantante interpretó ‘Avatar’. Con ella recordaron el rock de guitarras oscuras y resonancias góticas de discos como Spleen and Ideal (1985). La presencia escénica de Gerrard con su vestido blanco exuberante y los matices insuperables de sus cuerdas vocales fueron los centros de atención, visuales y auditivos, durante buena parte de la noche.

Dead Can Dance (Foto: Albert Alcoz)

Los ingleses dieron un salto temporal hacia 1996 con el trasfondo celta de ‘Bylar’. ‘The Wind That Shakes the Barley’ –perteneciente a la banda sonora del film El viento que agita la cebada (2006) de Ken Loach– y ‘The Host of Seraphim’ –incluida en la película Baraka (1992), un eco-docu dirigido por Ron Fricke– denotaron la relevancia cinemática de la voz de Gerrard, emotiva hasta lo indescriptible. ‘Sanvean’ fue una de las canciones escogidas de su propio repertorio, extraída de su disco en solitario The Mirror Pool (1995), registrado pocos años antes de su separación en 1998. Los ritmos exóticos y serenamente tribales de ‘Yulunga (Spirit Dance)’, dieron paso al clásico ‘The Carnival Is Over’, una de las canciones más frágiles y ensoñadoras de Into the Labyrinth (1993). Si ‘Amnesia’ sirvió para rememorar el hermoso retorno que supuso el disco Anastasis (2012) –que ya defendieron en el escenario del anfiteatro del Primavera Sound de 2013–, ‘Autumn Sun’ demostró la vertiente melómana del dúo al versionar un tema del grupo Deleyman.

Dead Can Dance (Foto: Albert Alcoz)

Otra versión, en este caso el ‘Song to the Siren’ de Tim Buckley, abrió una tanda de bises que tuvo su momento más álgido con ‘Cantara’ y su frágil perseverancia hacia lo épico. ‘Severence’ culminó una celebración de hora y cuarenta y cinco minutos que para muchos sonó gloriosa. La sublime voz de contralto de Lisa Gerrard, la otra más grave de Brendan Perry y la riqueza cromática de los seis músicos acompañantes –religiosamente ensimismados detrás de teclados, percusiones, bajo y batería– convirtieron el patio de butacas en un frenesí de aplausos. Admiración infinita para los bailes contingentes de todos los difuntos del mañana.

Escrito por

Cine, música y artes visuales son las tres disciplinas que más me llaman la atención. Cuando se entrecruzan libremente, más enigmáticas e inquietantes me parecen. De adolescente fui fan de Pink Floyd, R.E.M. y Sonic Youth. En mi reproductor suenan muy a menudo CAN, Talking Heads, Tom Waits y Stereolab. También el jazz de los ’60, el rock alemán de los ‘70, el pop independiente de los ’80 y la electrónica de los ’90. He colaborado en diversos medios escritos sobre música y cine, especialmente de vanguardia y experimental.

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