La jornada inaugural de la primera edición en la Ciutat Comtal del festival Soundhood, exclusiva para los compradores del abono (para la segunda sí que se despacharon billetes sueltos) se caracterizó por una Upload desangelada, vacía de gente y llena de ruido de chácharas y vocingleros, que, junto a las ofertas que circulaban por doquier esa última semana (servidor tuvo al alcance dos abonos gratis a través del TresC, y no era la única oportunidad que vi esos días), hacía presagiar un pinchazo en las previsiones. Y sería una lástima que fuese así, porque el cartel era tremendamente sugerente. En su contra, ha jugado también el solape con el festival In-Edit, aparte de los conciertos habituales en la ciudad.

En semejante tesitura les tocó inaugurar a las barcelonesas Rombo con su propuesta de indie melódico académico, de arreglos espartanos y ecos de twee pop. Clara, Montse, Núria y Jordi vinieron a presentar el segundo trabajo, ya del 2023, ‘Plaers i terrors del confort domèstic’, cuyo irónico contraste lírico-melódico quedó diluido en el reverb de una sala prácticamente vacía; el público del viernes no se molestó mucho en presentar sus respetos a las artistas que abrían la velada. Y es una lástima; aunque a Rombo las podremos ver con más facilidad, las debutantes mary in the junkyard (no es un error: se trata de otra de esas formaciones a las que no les gusta las mayúsculas) se merecían una acogida mucho más cálida y respetuosa.

Con apenas un EP y algún single suelto, las londinenses Clari Freeman-Taylor, Saya Barbaglia y David Addison deslumbraron (es decir, a la gente que estuvo atenta) con una propuesta sobria muy arty y robusta que denota una vasta y respetable cultura musical a sus espaldas. “Ghost” puede sonar al college rock de los noventas, a Throwing Muses y a la rabia de, pongamos por ejemplo, Porridge Radio (y algo en el timbre de Clari hace que ese nombre salte en el recuerdo), pero también a ese goth etéreo surgido del post-punk. La voz modulada, en ocasiones tan leve como para quedar enmascarada por las aristas de la guitarra, le encantaba entrelazarse en las progresiones armónicas de canciones que rehuyen de la estructura clásica y se desarrolla en episodios y actos, nada habituales en esta época de consumo rápido y atención distraída. Pero si Clari tenía vía libre para la narrativa fue, sin lugar a dudas, por el respaldo de David a la batería y a una Saya inmensa, tanto al bajo como, sobre todo, en el violín, que dotaba del marco ideal, envolvente, amplio y rotundo para el vuelo lírico. A destacar de su repertorio la vibrante “Tuesday”, amalgama de estilos y de ritmos y fabulosa carta de presentación para una banda a la que le auguramos un futuro brillante.

Pero quienes se pueden considerar los adalides actuales del art-rock es la banda de Brighton Squid. “Swing (in a Dream)” es una forma muy valiente de empezar cualquier cosa, concierto, disco, lo que sea, pero esas progresiones armónicas dislocadas son canelita en rama para el paladar y gozoso juguete para el intelecto. Puede resultar asombroso como, en el marasmo sónico, cada pieza, cada sonido, cada instrumento, por heterodoxo que sea (ahí la trompeta en medio de un ritmo math rock marcial y una guitarra chillona) encaja como la última pieza de un puzle de 10.000, precisa, perfecta en una (aparente) disonancia. La memoria (fugaz y traicionera como ella sola) me quería recordar que, el año pasado, tocaron sin pausa entre canciones, lo que añadía un plus de locura y virtuosismo, pero si de una cosa anda sobrada la banda de Ollie Judge y los suyos es de virtuosismo. Aparte del ímpetu y la creatividad, esas se dan por descontado. Tomemos, por ejemplo, “Undergrowth”, mezcla a priori imposible de funk y post-rock; o “Pamphlets”, que igual te suena a free jazz como a ska, o quizá todo sea lo mismo. Intelecto, visceralidad, dos caras de la misma humanidad, la que apela a letras aireadas sobre la alienación o la que te empuja al pogo. Y es que la gente al final se agolpó (en el sentido literal) en la pista baja para canalizar la energía en sanos y sudorosos bailoteos.

La segunda jornada del festival tuvo el grito como eje temático: el grito de rabia, de catarsis, de liberación, el que brota de las entrañas, pero también el que abre camino desde lo más hondo hasta la materia gris, aquel que pule el prisma con el que enfocar la mirada crítica a la sociedad, al heteropatriarcado, a la industria, al capitalismo. Un grito que sigue siendo tanto o más necesario incluso hoy en día que cuando surgió el punk y, sobre todo, el rrriot girrrl; más aún si recordamos la noticia de la semana (el del político falso aliado feminista) y que no deja de ser el pico del iceberg de un sistema machista profundamente arraigado y podrido, y del que esperamos que caigan todos (¡ojalá!) los de “La escena”. Pero no adelantemos acontecimientos…

Desafortunadamente nos perdimos el showcase de la banda lleidatana Renaldo & Clara, cuyos directos son siempre un soplo de aire fresco envueltos en una atmósfera acogedora y cálida. Pero, como compradores de uno de los ochenta primeros abonos, pudimos acceder al espacio Paral·lel Club, disfrutar de unos bocaditos, marinados con diferentes variedades de cerveza de la marca patrocinadora, y disfrutar de un concierto (breve por cuestiones logísticas) de aiko el grupo. La banda power pop con base en Madrid venía con un EP calentito bajo el brazo, ‘A tomar por culo’ (su primera referencia en Primavera Labels tras el paso por Elefant) (y el título deja claro que van sin medias tintas; veníamos a hablar de rabia y aquí hay rabia a espuertas) y la voluntad, inquebrantable e impertérrita, de no dejar títere con cabeza (sobrados ejemplos tenemos en nuestras vidas, nuestra sociedad y nuestras escenas…).

Metáforas urbanas proferidas con poética rabia (que no por directa deja de ser poesía) y al límite del daño auditivo permanente, las tres nuevas canciones dotaron de nuevos puntos de fuga a la panorámica de la discografía de Bárbara, Lara y Tere, arropadas con contundencia en la batería y defendida con maestría en teclados y bajos sintéticos. El contrapunto entre la voz cantante y los coros funciona de maravilla por contraposición: lo agridulce, la melodía pop vs el desgarro, la urgencia vs el «amigx, date cuenta»; y no por consabidas, no dejan de ser necesarias nuevas letras y nuevas canciones que nos recuerden esas piedras con las que nos encanta tropezar para acabar sangrando por nariz y boca. Quizá esa sea la magia, el secreto de su éxito: la conexión con las 80+ personas que botaban y meneaban las cabecitas mientras Tere seguía escupiendo verdades como puños, auténtica chamana por la que manaba brava energía espiritual, como un poltergeist al revés, y que transformaba esa inteligencia (bueno, no será tanta cuando tropezamos tantas veces) grupal en catarsis liberadora y sandunguera. Así pues, tras alargarse más de lo que parecía que se había previsto, banda y público, aliviados y sudorosos, nos reavituallamos un poco más y bajamos con el concierto de Amor Líquido ya en marcha.
Afirmaciones como las que vienen siempre acaban siendo injustas por comparación, porque parecen plantear un baremo entre los artistas del festival y no se trata de eso; pero si tuviera que quedarme con una banda de este festival, si una me cautivó, me zarandeó y me electrificó cual diapasón metido en un enchufe, esa fue Amor Líquido. Por fresca, estimulante, atrevida; por el desparpajo de sus componentes sobre el escenario, un dominio del espacio escénico, del lenguaje no verbal y de los tiempos hipnótico, descarado y arrollador, como si las tablas fuesen su medio natural y no la ciudad (ya sea Madrid, Granada o la que te toque por extrapolación) que tan bien retratan. Por su actitud valiente, el arrojo, la pasión y el compromiso musical. Porque brillaron como bombas atómicas en la noche. Porque fue un bolo brutal, qué caramba. Y también por abrazar a Zygmunt Bauman en su ADN.

Tras irrumpir hace tras años con el EP ‘Por supuesto’ y aquel single power-pop ‘Quiéreme más / Quiéreme mejor’, os he de decir que el reciente LP homónimo de debut, aun divertido, atrevido y arrebatador como es, no hace justicia al directo, donde la contundencia y la pegada tienen una relevancia que no acaba de capturar el surco. O, dicho de otra forma, si Amor Líquido va a visitarte por tu zona, ni se te ocurra perdértelas. Que no me entere. Eva y Gaby forman un tándem rítmico firme y redondo sobre el que Peral puede lucirse en riffs y solos, y Sara pueda dedicarse cómodamente a dominar la escena y a manejar al público a su antojo. Las cuatro forman una gestalt de músculo hardcore, sangre garagera, actitud punk y prosodia encandiladora. Y cuando forma y fondo están tan íntimamente unidas, el mensaje fluye sin trabas, de boca a alma, certero. Puro impacto emocional.
El bolo tuvo momentos memorables, como subvertir “Are You Gonna Be My Girl” de Jet y convertir un himno que huele a machirulismo en una canción de lujuría queer; las puyas a una escena homófoba en “La escena”, la crítica política de “Metro Goya”, alguna cerveza rodando por suelos, el desamor y el desencuentro, la ternura a pesar de todo… Y la comunión, las risas, la alegría, ese agradecimiento de la banda que incluso parecía tímida después de tanto arrojo.

Las londinenses Goat Girl bajaron un poco las revoluciones con la propuesta psycho-folk preciosista de su reciente tercer álbum, ‘Below the Waste’, que invitaba a la escucha atenta, a paladear texturas, a dejarse llevar por atmósferas sintéticas y noise y, en ese viaje a medio camino entre la presencia y la espiritualidad, imaginar otros futuros más resilientes a través de las grietas del que hoy nos atenaza. “Where’s ur <3” marcó el inicio de ese viaje con sonido de mellotron y las voces en medio susurro para, precisamente, señalar esas grietas en “The Crack”. Sin prisas, la banda que hoy funciona en formato trío fue desgranando las nuevas canciones, atentas en todo momento en mantener la red que estaban tejiendo. Un concierto que, en cierto sentido, demandaba esa escucha activa por parte del público, cosa nada fácil a esas horas y entre dos bolos adrenalínicos. Sea como fuera, Lottie, Rosy y Holly no se arredraron y firmaron una actuación sobresaliente, con una narrativa compacta, momentos de belleza y virtuosismo (las líneas de bajo sustentaron con rotunda elegancia el espacio melódico en el que fluían teclados, voces y punteos en armónico equilibrio) y espíritu casi pastoral (uno podría pensar que se encontraba en la campiña en vez de en medio del Paral·lel) que calaron hondo en las primeras filas de la sala.

Sinceramente, no sabría decir si Charlie Steen se quitó la camisa en la segunda canción o si ya salió a escena a pecho descubierto (literal; metafóricamente ya se da por supuesto, pues esa es la actitud que caracteriza la banda). Sí que con “Alibis” ya estaba arengando al público, y que el despiporre alcanzó el primero de los puntos álgidos en “Six-Pack” (momento en el que hizo su primer crowdsurfing y que acabó besando el suelo de la sala de forma un poco impactante; sin tener vigas al alcance de la mano, como en el concierto de La(2) del año pasado, no es de extrañar). shame, azote también de estos tiempos líquidos con su afilada ironía crank wave y del autocorrector (esa manía de usar las minúsculas…) son, sin lugar a dudas, menos arties que sus compatriotas DEADLETTER (estos, con mayúsculas en todos los sentidos) o Squid, pero juegan en otra liga, en la que la ironía es mucho más punk y rabiosa. La energía liberada por los miembros de la banda (por favor, buscad vídeos del guitarrista Séan Coyle-Smith —si no me equivoco de guitarra— haciendo zoomies y dando un salto mortal mientras toca) no puede dejar de ser contagiosa y conducir a gloriosos pogos multitudinarios. Poesía sudorosa, adrenalina y comunión, ingredientes para un éxito prácticamente incontestable; y, por supuesto, esa victoria no la dejaron escapar. “Screwdriver”, “Water in the Well”, “Gold Hole”, “Angie” cayeron sobre un público en perpetuo movimiento, abiertos a la interacción, a aupar y a llevar al cantante cual Virgen del Rocío sin palio ni mantón: estas son las nuevas tradiciones, las que cuestionan todo los demás.

Salimos del festival con una sensación agridulce: la de una iniciativa con un cartel apasionante, que apuesta por la diversidad y la inclusión (aunque los dos cabezas de cartel sumaban un total de cero no hombres entre sus miembros), pero con algunos déficits: de asistentes en la primera jornada, sin llenar en la segunda y programado en una época repleta de actividades culturales. Esperemos que la aventura no acabe aquí.