La revista ‘Rockdelux’ dice adiós tras 36 años

Hubo un tiempo, en una galaxia temporal no tan lejana (o sí, quizás ahora caigo en puro negacionismo generacional…), en que ser adolescente era realmente complicado. No, no te confundas, éste no es un artículo sobre despertar sexual ni pornografía (aunque el tema también daría de sí, éste no sería el foro adecuado). Hablo de MÚSICA, y de despertar musical. Ya sé que algunos no me creeréis, pero hace dos-tres décadas… ¡¡¡no existía internet!!! (o no existía el uso generalizado y doméstico, para ser exactos). Sin Spotify, ni Youtube, ni Bandcamp, ni nada que se le pareciese, ser adolescente con inquietudes musicales a finales de los 80 y principios de los 90 era realmente jodido (y ahora estoy revelando mi edad aproximada, que es algo que hasta ahora no me había preocupado en absoluto, y que empiezo a mirar con cierto recelo a pocos días de llegar a una cifra realmente amenazante. Vuelvo al negacionismo generacional).

Foto robada de ‘nitope.blogspot.com’. Para cuestiones legales… pues no sé qué decirle, porque no tengo abogado

En aquella época, las principales vías de conocer nuevos artistas eran cinco:

¡¡ALERTA SPOILER!! (ahora va a venir una explicación nostálgico-vetusta de abuelo cebolleta, pero es necesaria para poner en contexto el objetivo final de este escrito. Si eres de cierta generación similar a la mía, prepara los kleenex. Si eres de una posterior, haber nacido antes).

1) Comprarte vinilos o cassettes. A no ser que fueras hijo de alguna familia burguesa catalana (no, no he puesto el adjetivo “respetable” porque el oxímoron no venía a cuento), ésta no era una opción que pudieras disfrutar cada semana. Pero como servidor no empezó a experimentar el placer festivo-etílico hasta tarde, era la principal manera de gastarme mi paga semanal que iba acumulando como hormiguita melómana semana a semana, esperando también algún extra que caía en aniversarios, navidades y demás celebraciones extras. Cuando llegaba a la cantidad de pesetas ahorradas que me lo permitían, bajaba a gastármelas a Discos Surco (¡aún sobrevive, en Travessera de Gràcia!), o me iba hasta Barcelona, a aquél fascinante oasis musical en el que perderte horas y horas que era entonces el carrer Tallers.

2) Grabarte los vinilos o cassetes que te dejaban tus amigos. Si alguna vez conocéis al propietario de TDK, decidle que una parte de su mansión es mía. Todavía conservo centenares de cassettes con grabaciones de mis propios vinilos, pero también de los que me dejaban mis amigos inquietos. En aquella época, era FUNDAMENTAL tener algún amigo igual de curioso que tú y que escuchara alguna cosa más que Los 40 Principales (yo también los escuchaba, no se trata aquí de ir de guays, pero llegó un momento en que aquello no era suficiente, y querías más. Es curioso que me haya pasado toda la vida rajando del capitalismo, y a la hora de consumir música haya sido igual de insaciable que Bill Gates pasando lustro a sus billetes o Traci Lords interpretando sus papeles con pasión inacabable ¡¡¡Quiero más… más… más!!!!). Las camisetas o las pintas que llevara, o incluso las fotos con las que forrara su carpeta de clase eran buenas pistas para encontrar a este tipo de fauna que iba a ser imprescindible en tu futuro como ente musical. Aunque yo siempre he sido bastante autodidacta individualista, sin muchas de las recomendaciones ajenas ahora quizás estaría escuchando a Bisbal, Taburete, Leiva o Amaral (en ese caso habría encontrado perfectamente razonable que me hubierais apalizado por la calle).

3) Escuchando y grabando cassettes de la radio (Ding, dong! Está el señor TDK en casa? Tenemos que hablar de algo importante…). Quien no haya grabado canciones de la radio con los dedos cruzados deseando que el puto locutor se callara la boca y no hablara al principio o al final de la canción para poder grabarla íntegramente de principio a fin, no sabe lo que es la vida. ¡Menudo aprendizaje vital para ser consciente de que en la existencia las cosas no siempre no iban a ser como uno quería! (¿he dicho “siempre”? Quería decir “casi nunca”).

4) Escuchando y grabando VHS de la TV (sr. TDK, deje de hacer ver que no está en casa, porque usted y yo sabemos que como mínimo ese sillón de masaje que tiene en el salón es mío…). El ‘Plàstic’ o ‘La Edad de Oro’ me pillaron muy pequeño, y de ‘Rock-o-pop’ o ‘Música Sí’ alguna cosa se salvaba, pero el verdadero despertar musical televisivo para mucha gente fue el ‘Sputnik’ de TV3 (llegué a presentarme a un cásting para presentarlo sin haber hecho televisión en mi puta vida. Optimista y algo naive siempre lo he sido, eso lo tengo…), con sus videoclips y sus conciertos de artistas fascinantes que no habíamos escuchado en la vida.

5) Leyendo libros y revistas (¡ánimos, que ya llegamos a la excusa para todo el rollo previo!). Como ya he dicho en el punto 1, la semanada daba para lo que daba, así que al margen de una pequeña etapa cleptómana asociada a la rebeldía adolescente + la precariedad económica + el espíritu de “quien roba a un capitalista, 100.000 millones de años de perdón”, la biblioteca cercana a casa y la del antiguo Caixa Forum de la Casa Macaya de Passeig de Sant Joan fueron un auténtico paraíso donde pasarme horas removiendo discos, libros y revistas que leer allí o llevarte a casa en préstamo y que abrieron “de bat a bat” (¿hay alguna expresión equivalente en castellano?) mis oídos y mi atrofiado cerebro musical (la parte no musical también estaba bastante atrofiada, y a día de hoy aún no he conseguido arreglarla). Y sí, allí fue donde descubrí y leí por primera vez la revista ROCKDELUX.

Antes de internet, antes de que abriera la Virgin Megastore donde podías escuchar discos en la tienda, antes de descubrir Radio 3, o incluso una década antes de otras revistas que también fueron claves para nuestra (mi) educación musical como Mondo Sonoro o Rocksound (luego reconvertida en Rockzone), ya estaba Rockdelux. Desde 1984, concretamente. Y ha estado durante 36 años. Han sido 394 números, que se dice pronto; 36 años y 394 números de difusión musical y cultural; 36 años y 394 números educando a generaciones y generaciones. Porque para mi (y supongo que para mucha otra gente), Rockdelux era como aquellos libros de texto que teníamos en la escuela, pero éste me enseñaba cosas que realmente me interesaban. Materias que me excitaban. Ideas y sonidos que hacían moverse la maquinaria del cerebro y del corazón, para descubrir que hay vida más allá de lo oficial. Vida más allá de lo mayoritario.

Personajes y voces cantando cosas interesantes como para cuestionarse que a lo mejor uno debe buscarse su camino individual aunque se aleje de la “normalidad”, ese repugnante concepto fascista que te intenta meter con un embudo que la realidad es una y sólo puede ser de una manera. No, amigos y amigas, hay tantas realidades como personas, y tantas “normalidades” como nos salga de nuestras respectivas entrepiernas. Y esa es la principal lección que nos enseñó Rockdelux durante 36 años y 394 números en que nos hizo descubrir las benditas anormalidades de los Pixies, Smiths, The Jesus And Mary Chain, Fugazi, Sonic Youth, The Breeders, Bikini Kill, Stereolab, Pavement, PJ Harvey, Nick Cave, Suede, Pulp, Radiohead, Los Planetas, etc que nos abrieron los oídos en canal para dar cabida a tantísimos otros artistas posteriores (o anteriores; la música no caduca ni entiende de cronologías). Artistas y bandas que han hecho lo que les ha dado la gana, animándonos también a nosotros a vivir como nos diera la gana, se ajustara más o menos a lo que la sociedad esperaba de nosotros. Quizás por ello a Rockdelux se le ha atacado muchas veces acusándola de “esnob”, y también a sus lectores. No sé hasta qué punto había cierta superioridad moral en sus escritos o en nuestra manera de leerlos, o simplemente incomprensión acomplejada de quién lanzaba esas acusaciones (otra cosa no, pero en este país rajar sabemos un rato. Y en este mismo escrito hay algunos ejemplos…). O a lo mejor había un poco de todo eso, o nada de nada (bueno, qué narices: algunos artículos daban mucha rabia de lo petulantes que eran…). Pero sinceramente, ahora me importa bien poco y me quedo con todo lo aprendido (muchísimo) en esas páginas.

Portada de Rockdelux elegida completamente al azar de entre las 394…

Hoy lunes 4 de mayo de 2020 Rockdelux ha anunciado mediante un comunicado en su web, que cierran, tras este número de mayo que será el último: “Una pequeña editorial como la nuestra siempre ha dependido de dos factores fundamentales: un equilibrio entre ventas en quioscos (cada vez más escasos) e ingresos de publicidad. Este equilibrio lleva años resquebrajándose, y el golpe inesperado de la pandemia del coronavirus ha sido (es) una bofetada brutal que hace aún más inviable el proyecto“. Es una pena enorme, sin duda, porque se trata de una revista histórica, y por toda esa trayectoria que lleva detrás, que no sólo se limita a la revista en sí, sino a otras cabeceras que también habíamos comprado como Factory, o a dos de los festivales de la ciudad que más han contribuido también a nuestra educación y despertar musical, como Primavera Sound o el BAM.

Tampoco quiero caer en panegíricos lacrimógenos hipócritas, porque en el fondo yo, y muchos otros, también somos cómplices de cierres como éste, desde el momento en que dejamos de comprar revistas en papel. Pero quizás noticias como ésta que te dejan en shock, ni que sea por unos días, podrían servir para darnos cuenta de lo frágil que es la industria musical (y cultural, en general). Y sabiendo perfectamente de su importancia, y metidos en el fregao coronavírico en el que estamos, quizás sería un buen toque de atención para concienciarnos y empezar a echar una mano, en la medida de las posibilidades de cada uno: sea comprando (más) discos, merchandising, entradas de conciertos o (¿por qué no?) suscribiéndonos a revistas que intentan sobrevivir contra viento y marea. Porque viendo cómo está el panorama, y con el miedo en el cuerpo que ya nos están metiendo las voces oficiales para justificar sus futuros recortes en muchos ámbitos (económicos, laborales, de derechos civiles…), me temo que Rockdelux no será la última en caer. Eso va a formar parte también de esa “nueva normalidad” que nos vamos a tener que comer todos y todas…

Sea como sea, muchísimas (y sinceras) gracias por vuestro adoctrinamiento cultural, y nos vemos en los conciertos. Que no pare la música!

Escrito por

Rarito como un tema de Sonic Youth; me excito con el ‘Psycho’ de los Sonics; si me cabreo, Pistols, RATM, riot grrrls o Los Punsetes; me ponen igual soul, r’n’b, ye-yé, garaje, punk, r’n’r, indie o brit-pop. De mayor quiero ser Patti Smith, Iggy o John Waters. Ateo hasta que conocí a PJ HARVEY. Fui negro en otra vida… y hago el impostor como periodista musical y deportivo en radio, TV, webs y revistas varias.

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