Ocho años es tiempo suficiente para que una ciudad cambie, para que las salas muten de nombre y para que los cuerpos acusen el paso implacable del calendario. Pero hay cosas que permanecen: la complicidad entre músicos que comparten trinchera desde hace décadas, la capacidad de una canción para devolverte a un momento concreto de tu vida, la certeza de que el rock alternativo de los noventa sigue teniendo mucho que decir mientras existan bandas como Cracker. Todo eso estaba el jueves en la Sala Upload, donde los de Ritchmond, Virginia regresaban a Barcelona después de casi una década de ausencia para recordarnos por qué siguen importando.

Porque si algo quedó claro desde que David Lowery arrancó “Euro-Trash Girl” —uno de esos himnos perfectos que definen una época— es que los años no han conseguido oxidar la maquinaria. Cracker sigue siendo una banda de verdad, un organismo vivo donde cada miembro aporta y respira al unísono. No hay jerarquías visibles más allá de las que impone la historia, no hay distancias entre egos. Esto no es un proyecto en el que un líder arrastra a músicos de alquiler: es una pequeña familia que se muestra tal cual es sobre las tablas.


La comparación con otras bandas coetáneas se hace inevitable. Hace apenas unas semanas, The Jayhawks pasaron por el Feroe Festival de Barcelona ofreciendo un concierto técnicamente flojo y emocionalmente frío, con Gary Louris ejerciendo un protagonismo absoluto y el resto de la formación convertido en mero acompañamiento, sin ningún tipo de complicidad entre ellos. Nada de eso ocurrió en Upload. Aquí todos tuvieron su momento: Johnny Hickman se hizo cargo de “Wedding Day” y “California Country Boy” con esa voz áspera y honesta que complementa a la perfección el registro de Lowery; el bajista Brian Howard rindió tributo a Bob Dylan con una versión sentida de “You Ain’t Goin’ Nowhere”; y la reciente incorporación de Anne Harris al violín —una presencia expansiva, exuberante, elástica y magnética— se reveló como el fichaje perfecto, integrándose con naturalidad en una propuesta que oscila entre el alt-rock enérgico, el blues y el folk introspectivo. Forsyth no solo enriqueció el sonido con su instrumento: también tomó la voz para interpretar “Sparrows” de Gina Forsyth, un momento de delicadeza que contrastó bellamente con los pasajes más eléctricos de la noche.

Porque si Cracker ha sabido hacer algo bien durante más de tres décadas es combinar referentes y gestionar unos directos que nunca han navegado en base a un solo tipo de sonido. La energía adolescente e irónica de “Teen Angst (What the World Needs Now)” estalló en mitad del set como una descarga de adrenalina pura, mientras que la versión de “Loser” del admiradísimo Jerry Garcia —ya presente en su seminal Kerosene Hat— desplegó todo su costado más bluesy y contemplativo. Hubo espacio también para el guiño british con una versión inesperada de “Pictures of Matchstick Men” de Status Quo que arrancó sonrisas cómplices entre los presentes.

Al llegar los bises, ese momento en que todo concierto define su verdadera temperatura emocional, Lowery salió solo, guitarra acústica en mano, para ofrecer una versión desguarnecida y sobrecogedora de “Big Dipper”, uno de esos temas que resumen toda una carrera en cuatro minutos. Y cuando parecía que ya no podía haber más, la banda al completo regresó para cerrar con “Club Med Sucks”, recuperando el espíritu irreverente de Camper Van Beethoven —proyecto que Lowery nunca ha abandonado del todo— después de haber recuperado con anterioridad “Take the Skinheads Bowling”.


Pero hubo algo más en esta noche que trasciende el mero repaso de canciones. Esa escena tierna de Lowery fotografiando a sus compañeros y al público con su vieja Leica, como quien documenta momentos felices en un álbum familiar nos reafirmaba de que acabábamos de presenciar algo autentico y especial. Hubo la sensación de estar ante músicos que disfrutan genuinamente de lo que hacen, que transmiten gratitud por seguir pudiendo subirse a un escenario y compartir su pasión con quienes han decidido acompañarles.

Y es aquí donde cabe una reflexión necesaria. Porque no faltaron las voces críticas —esas que siempre habitan el fondo de las salas, observando desde la distancia, incapaces de aceptar que las bandas evolucionan, mutan, incorporan elementos nuevos que las enriquecen—. Sectores del público más conservador del mundo rockero no terminan de asimilar que Cracker ya no es exactamente la banda que apuntava a lo más alto en 1992, que la incorporación de un violín no es traición sino renovación, que permitir que todos los miembros canten y brillen no diluye la esencia sino que la multiplica. Pero la música, como la vida, avanza o se fosiliza. Y Cracker ha elegido avanzar.

Ocho años después, Barcelona volvió a abrazar a una banda que nunca dejó de ser importante. Y Cracker correspondió con generosidad, entrega y esa rara capacidad de hacer sentir que, durante dos horas, todos formábamos parte de la misma familia.

Setlist:
- Euro-Trash Girl
- Dr. Bernice
- St. Cajetan
- Teen Angst (What the World Needs Now)
- Sweet Potato (cover de Status Quo)
- Wedding Day
- Low
- Loser (cover de Jerry Garcia)
- Pictures of Matchstick Men
- Take the Skinheads Bowling (cover de Camper Van Beethoven)
- California Country Boy
- Sparrows (cover de Gina Forsyth)
- You Ain’t Goin’ Nowhere (cover de Bob Dylan)
- Another Song About the Rain
Bis:
- Big Dipper
- Club Med Sucks (cover de Camper Van Beethoven)