Barcelona Psych Fest (Paral·lel 62, 04-05/04/25)

The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)
L'Eclair (Foto: Meritxell Rosell)
Earth Tongue (Foto: Meritxell Rosell)
Maquina. (Foto: Meritxell Rosell)
The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)
The Underground Youth (Foto: Meritxell Rosell)
Kit Sebastian (Foto: Meritxell Rosell)
Ora Cogan (Foto: Meritxell Rosell)
Barcelona Psych Fest (Foto: Meritxell Rosell)
The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)
The Underground Youth (Foto: Meritxell Rosell)
Bdrmm (Foto: Meritxell Rosell)
Dharmacide (Foto: Meritxell Rosell)
The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)
Ora Cogan (Foto: Meritxell Rosell)
L'Eclair (Foto: Meritxell Rosell)
The Underground Youth (Foto: Meritxell Rosell)
The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)

Qué alegría ver como un festival organizado con exquisitez y cariño, undeground sin alardeos, encuentra una nueva casa (perdón, segunda casa, pues la matinal del sábado se sigue celebrando en la Upload) en la que crecer sin caer en la típica sobreexplotación. Sin apretujones, sin bombardeo de marcas comerciales y con un tamaño humano; un lugar que propicia los encuentros, el intercambio cultural y la amistad. Un festival cooperativo e independiente de verdad.

Las dos salas del Paral·lel 62 acomodaron a un público que pudo moverse cómodamente entre espacios y decidir si se lanzaban al pogo de Maquina. o L’Éclair sin demasiados apretujones, o preferían paladear los sonidos psicodélicos, ruidistas e industriales de The Underground Youth y Earth Tongue desde la comodidad de las butacas del primer palco. O bien disfrutaban en la segunda planta del juego hipnótico de luces sobre las figuras de la instalación Ki No Sei, de Míriam Lázaro; se dejaban caer en la pequeña sala del Loop Cinema, este año con una selección, comisariada por Marta Nieto, de cinco cortometrajes con miradas disidentes de sendas cineastas que experimentaron con la forma y la ruptura en el decenio del 1965 al 1975, o caracoleaban hacia las alfombras de la Magic Cave, situada en el Paral·lel Club, con más espacio para dejarse caer y disfrutar de viajes astrales, pero cuyo ambiente psicotrópico sufría continuas perturbaciones por el ir y devenir de la gente a barra y baños y por los mirones que observábamos desde la puerta y no nos atrevíamos a hacernos un hueco entre los cojines. Pero nos alegra porque este festival es, también, nuestra segunda casa, un espacio de acogida y una propuesta siempre en la vanguardia.

VIERNES

Dharmacide (Foto: Meritxell Rosell)

Los madrileños Dharmacide fueron los encargados de dar el pistoletazo de salida al festival con una propuesta de shoegaze hambriento, ejecutado con garra noise, brillo pop y desparpajo. Sus canciones buscan ensanchar el ambiente mediante loops ruidistas para así poder desplegar melodías que se cuelan de forma subrepticia y taracean el crisol sonoro donde se funden una base inmisericorde con chorros dorados de teclados, guitarras distorsionadas y la firma inconfundible, cálida y ambarina de la Rickenbacker. Aunque a veces la apuesta parecía deambular sin un objetivo definido, como quien sale a dar una vuelta y se queda embelesado con la arquitectura (y corre el riesgo de acabar atropellado en un paso de cebra), Dharmacide sonaban a esos gloriosos ochentas en que todo estaba por descubrir y por definir, pero sin sonar exactamente a ninguno de esos nombres que a todo el mundo le puede sugerir. Y si estabas pensando en Ride como una de esas influencias, que sepas que Mark Gardener es precisamente el productor del EP autoproducido ‘Horses/Divorce’, cuyas canciones arañaron la tarde mediado el bolo, y que esperamos esté también acompañando a la banda en su segundo disco. Entre la ensoñación dream pop y la contundencia del hard, canciones como ‘Depressed’ y ‘Dreams’ nos hicieron evocar atmósferas crepusculares, acabando con un chute de energía para encarar la primera jornada.

Ora Cogan (Foto: Meritxell Rosell)

Pero si alguien sabe evocar atmósferas como quien sopla burbujas de jabón, esa es Ora Cogan, de quien Ignasi os ha hablado en su programa en más de una ocasión. Aunando el oropel más folkie con un tenso trasfondo post-punk, la hermosa voz de la canadiense es capaz de tañer cualquier emoción que se le antoje. Es imposible (bueno, a menos que estés en corrillo y a otras cosas) no escuchar embelesado cómo acaricia las notas en los versos de la etérea ‘Lucile’. ‘Bury Me’, primer track del EP homónimo que veía la luz aquel viernes, permitió a la banda lucir músculo, y a Cogan alcanzar enseguida y sin esfuerzo aparente ese peldaño a la vez místico y profundamente mundano. Fue una hora de dejarse llevar por parajes otoñales, punteado por guitarras tintineantes y el arrullo de la voz y los violines como en ‘The North’; por carreteras polvorientas como en ‘Cowgirl’, o senderos arenosos y traicioneros como los de ‘Katie Cruel’, donde la voz de Cogan demuestra la calidez, la expresividad y una versatilidad envidiable. En buena parte del set supo dominar el tempo, aunque, en algún momento, la tensión se tambaleó. Aun así, la banda brilló con un savoir faire exquisito. Y también se divirtió, como cuando Ora Cogan y la guitarrista y segunda violinista acabaron rodando por los suelos durante la vibrante ‘Feel Life’.

Kit Sebastian (Foto: Meritxell Rosell)

A continuación, la pareja formada por la turca Merve Erdem y el francés Kit Martin tomaron el escenario con el proyecto Kit Sebastian, una formación multiinstrumental y ecléctica donde tiene cabida la psicodelia, la tropicalia, el jazz, el funky, easy listening e incluso el flamenco. Precisamente “Dehliz”, el último single de la banda y que sonó cuando el combo ya se había metido a los espectadores de las primeras filas en el bolsillo, explora, en palabras del dúo, el concepto del duende flamenco, y a fe mía que ese duende asomaba con soltura fuese cual fuese el ritmo mediterráneo que el combo interpretaba.

La atmósfera de guateque cosmopolita impregnó de alegría las horas bajas del viernes. Ritmos compuestos, samples, teclados omnipresentes y cadencias anatólicas, que jugaban con las repeticiones psych, troceándolas y macerándoles con la percusión y unos teclados con aromas levemente exóticos, se conjugaron en un concierto amable y despreocupado; o, más bien, ocupado con el objetivo de hacer gozar al público, al que Erdem interpelaba continuamente para que se sumasen a la gozadera.

The Underground Youth (Foto: Meritxell Rosell)

De la alegría y la luz pasamos, con los mancunianos afincados en Berlín The Underground Youth, a una tesitura más opaca. A lomos de una base rítmica tensa y espartana, la banda de Craig y Olya Dyer, jornaleros del cold wave que se han labrado admiración y respeto tras años y años de giras, crearon una atmósfera penumbrosa, despojada de efectos, nervuda y llena de aristas. Quizá pecó de demasiada linealidad en el tramo central, que después supieron rectificar con una intensa ración de ráfagas eléctricas y la voz, gutural y rabiosa a la vez, de Craig Dyer.

Con todo, a pesar de presentar, también ese día, su nuevo disco, ‘Decollage’ (Fuzz Club, 2025), del que la fascinante ‘You (The Feral Human Thunderstorm)’ amplía la paleta sonora a terrenos más drone, el repaso a tan extensa carrera hizo su obligada parada en himnos indispensables como ‘Half Poison, Half God’ y ‘Alice’ (del profético ‘What Kind of Dystopian Hellhole Is This?’ (Fuzz Club, 2017) , en la encrucijada entre el wave, el pop y la psicodelia de aires post-punk que poseen esa atracción de lo peligroso y lo prohibido, y la inevitable visita al debut ‘Delirium’ (Fuzz Club, 2011). Desde los palcos de la segunda planta, dejarse planear por el escenario desnudo mientras ‘Strangle Up My Mind’ progresa en espiral resultaba a la vez hipnótico e inquietante, más si cabe bajo la atenta mirada de los maniquís de la instalación artística que presidían la sala.

Bdrmm (Foto: Meritxell Rosell)

Y si hablamos de drone y electrónica, tenemos que reconocer que el abrazo a la cacharrería le ha sentado muy bien a los bdrmm. El sonido de los de Hull ha ganado en sofisticación, elevándose por encima del shoegaze denso y algo monótono que ofrecían hasta hace poco; véase, si no, el concierto que nos brindaron hace un par de años en la Z0w1e, prometedor pero al que le faltaba, quizá, este siguiente paso. Un paso que marca una progresión (ojalá exponencial) que, a tenor de la producción del reciente ‘Microtonic’ (Rock Action Records —sí, el sello discográfico de Mogwai—, 2025), y la actitud y el desparpajo que destila el combo inglés, estoy seguro de que nos deparará muchas y muy agradables sorpresas en el futuro.

Pero no adelantemos acontecimientos, ni tampoco hagamos creer que hablamos de una ruptura. El dream está muy presente en cortes casi etéreos como ‘Infinite Peaking’, donde la electrónica sería la alfombra de Aladino rumbo a un mundo maravilloso que acaba rugiendo con un final de bajo inmisericorde, en claro contraste con ‘John in the Celing’, donde se conjugan la tecnología, el ruido y la sincopación para empujar el EBM bien adentro de los cuerpos. El ambient estuvo también muy presente en cortes tan sugerentes como ‘Snares’ y el inquietante spoken word que a veces acariciaba y otras amenazaba.

‘Happy’ y la melliza ‘(Un)happy’ fueron la vuelta al post-punk canónico del primer álbum, publicado en plena pandemia, y al guitarreo más visceral que arrancó los primeros pogos entre el público, para acabar con una inquietante ‘Post’ que saqueaba sin remordimientos el baúl de los recuerdos del post-rock y el volumen no apto para tímpanos quebradizos y cervicales anquilosadas. Un excelente paso adelante de una banda que esperamos ver más a menudo.

Maquina. (Foto: Meritxell Rosell)

Como también esperamos ver muchas veces más a nuestros vecinos lisboetas Maquina., que apenas cuatro meses atrás habían debutado en nuestra ciudad con similar intensidad atronadora. La suya es tremendísima avalancha sónica, un despiporre de ruido y sudor, una locomotora kraut de alta velocidad con el motor desbocado y desenfreno a raudales en los vagones. ‘:.’ inauguró el setlist sembrando el pasmo a quienes los veían por primera vez: quince minutos de canción que, sin embargo, supieron a poco; o quizá fue que la enhebraron con ‘body control’, vaya usted a saber, uno ya estaba rozando el nirvana con la conciencia y aporreando rítmicamente el suelo pagano con los pies; pero no, ‘body control’ se hincó más en la carne de la madrugada de la ciudad, una carne que temblaba con los alaridos de Halison en la batería, mientras Tomás secundaba el ritmo con acordes enloquecidos al bajo, un bajo metálico, rotundo, inmisericorde, elixir de ritmo, y João jugueteaba frenéticamente con la guitarra y los pedales. ‘.’, del EP ‘DIRTY TRACKS FOR CLUBBING’ (Saliva Diva, 2023), es de esas canciones ideales para la pista de baile, para el sudor y el contacto, y así fue en un Paral·lel 62 que recibieron este EBM hipervitaminado con fruición; así fue también sobre el escenario, donde la camaradería y la energía creaban ese diálogo con el público gracias, también, a la disposición abierta de la banda, en semicírculo y siempre orientados hacia el respetable. ‘concentrate’, del álbum ‘Prata’ (Fuzz Club, 2024) puso el broche a una jornada especialmente acertada.

SÁBADO

Barcelona Psych Fest (Foto: Meritxell Rosell)

Ciertos compromisos y la manifestación por el derecho a una vivienda digna y por la bajada de los alquileres (causa a la que nos sumamos desde aquí) nos impidió llegar a tiempo de disfrutar del concierto de Esperanto en la sesión del sábado tarde en la sala Upload. Esperamos poder sacarnos la espinita pronto, porque nos hacía mucha ilusión este debut.

Ya con la preceptiva cervecita en la mano asistimos a uno de esos conciertos que son filigrana y pura ambrosía. Stanley Benton y sus Black Market Karma se entregaron a un concierto de cocción lenta ribetes de doce cuerdas para una suerte de folk psicodélico de reminiscencias sesenteras, que tanto recuerdan a unos Byrds europeizados como a la época más ácida del rock británico, todo tamizado por el cedazo de un fuzz brillante, omnipresente. Abrieron con el single que dará nombre a su próximo larga duración, ‘Mellowmaker’, una melodía juguetona que nada en la neopsicodelia y los backbeats del hip hop para sumergirse y dejarse llevar en una marejada de cajas de ritmos y melotrón. ‘Oozer’, del más reciente ‘Wobble’ (Fuzz Club, 2024), siguió la senda de la amplitud narrativa de la banda, más lo-fi aún si cabe, el muro de sonido, la repetición, el fuzz. ‘Semper Fi’ ahondó en los orígenes de la banda, donde los patrones eran incluso más patentes y donde Benton supo brillar a las seis cuerdas.

Carrots (Foto: Meritxell Rosell)

Tras un final apoteósico, digno del mejor noise no apto para amplis de baja calidad, bajamos de Montjuïc por la avenida que, un día, fue sinónimo de teatro y variedades de la ciudad, de vuelta a la Paral·lel 62 para asistir a la reunión, once años después, de los míticos Carrots. Deudores de una tradición musical que hunde sus raíces en la vertiente más arty y psych del rock de los sesentas, rico en armonías y claramente impulsado por unas melodías diáfanas, con Carrots se abrió una puerta dimensional a una época gozosa de la música. No exento de contundencia en la rendición de algunos de los temas, tal como si no hubiese pasado el tiempo y la Paral·lel fuese un palacio de deportes, Carrots decidieron homenajear un legado con orgullo con clásicos como ese ‘Snow White’ con hechuras de prog, ‘All It Takes Is a Little Confidence!’ y aquel paso del «68 al 2007», como bromeó Willy, que es el éxito (que todos bailamos alguna vez en la Razz) ‘Cinema’, tras el cual se despidieron con otro hitazo inapelable, ‘Sunshine’, y la promesa (¡ojalá!) de volverlos a ver pronto en alguna sala cercana.

Bryan’s Magic Tears (Foto: Meritxell Rosell)

Con Bryan’s Magic Tears dimos un salto de tres décadas y aterrizamos en algún punto intermedio entre el jangle, la psicodelia y la scremadelia, entre Primal Scream, The Stone Roses, My Bloody Valentine y Kasabian; cuando los sentidos volvieron a abrirse a la espiritualidad y a la psicodelia en un momento de la historia (como el actual, si lo pensamos bien) en que los derechos sociales vivían un profundo retroceso y las pistas de baile (legales o en el limbo) eran el punto de encuentro, de libertad, de evasión. Pues ahí estuvimos, en el vano de esa puerta dimensional bailando el jangle amable de los franceses, que vinieron a presentar su reciente ‘Smoke & Mirrors’ (Born Bad Records, 2024), que tocaron casi en su totalidad. ‘Side by Side’ sentó las bases de lo que sería un bolo escueto pero repleto de saturación y reverberación. ‘Fancy Cars’, el segundo corte de la noche, aspiraba a recordar esas raves a base de arpegiadores, bajos viscerales y ritmo sincopado. ‘Stalker’ nos devolvió la cara más shoegaze de la banda de Benjamin Dupont, incansable al frente, gustándose como frontman noventero, mientras que ‘Death Row’ y ‘Deep Blue’ fueron claras, concisas y contundentes.

Earth Tongue (Foto: Meritxell Rosell)

Si hablamos de underground pocos estilos son más under que el metal. Y aquí, los neozelandeses afincados en Berlín Earth Tongue logran resignifican las coordenadas metaleras y actualizarlas a partir de la tradición setentera, con total respeto y conocimiento, y acercarlo al revival psicotrópico de, por decir un nombre, sus vecinos los Rey Molleja y los Magos Lagartos. El power rock dúo formado por los músicos y cineastas Gussie Larkin (a la guitarra y pedales) y Ezra Simons (a la batería) espoliaron con descaro el imaginario del rock duro, añadiendo sutiles melodías adictivas bajo capas de distorsión y metal. ‘Sit Next to Satan’ sería un ejemplo perfecto de esa alquimia atemporal, repleta de imaginería metalera, songwriting vibrante y armonías vocales no diríamos angelicales, pero ya se me entiende el oxímoron. Guante y puño, piel y acero, unidos en un set tan compacto que parecía una composición en diez movimientos.

The Horrors (Foto: Meritxell Rosell)

Pero si tenemos que alabar el eclecticismo y el amor a la experimentación es, sin lugar a dudas, el que han demostrado The Horrors en dos décadas de carrera. Había ganas (y dudas) de verlos tras los ocho años que han transcurrido desde su anterior larga duración; pero, tan pronto echó a andar el bajo de la sugerente ‘The Silence That Remains’, con la banda perfilada a contraluz, iluminada por haces ascendentes y respaldada por visuales expresionistas, todas esas dudas quedaron inmediatamente disipadas. Uno tenia la sensación de estar vagando por calles oscuras y húmedas, con el chirriar incesante de la maquinaria y el claqueteo de los talones en adoquines mojados. Una energía muy de Echo y de Jesus & Mary, de los Twins y de los Furs se materializaba en la pose desafiante de Faris Badwan, un Badwan que se desenvolvió de manera impecable, tanto en lo estético como en lo vocal, a lo largo de todo el bolo. ‘Three Decades’ sonó inmensa, y hubo un momento para recordar el genocidio de Israel en Palestina antes de arañar ‘Mirror’s Image’, de ese inolvidable ‘Primary Colors’ (XL Records, 2009). A continuación viraron hacia el sonido industrial con el reciente ‘Silent Sister’, que sonó a clásico instantáneo.

La banda siguió demostrando contundencia, rotundidad y manejo de los tempos a medida que iban desgranando éxitos del pasado glorioso como ‘Sea Within the Sea’ y la hermosa ‘Endless Blue’. El drone nos sumió en un susurro ya en los bises de nuevo con una de los sleepers del novísimo ‘Night Life’ (Fiction, 2025), un ‘Lotus Eater’ que dejó paso a himno entre new wave, dance y motorik que es ‘Something to Remember Me By’. Un concierto gourmet repleto de sabiduría y savoir faire digno de permanecer durante mucho tiempo en nuestra memoria.

L’Eclair (Foto: Meritxell Rosell)

Consejo de amigo: por mucho cansancio que llevéis en los cuerpecitos, por mucho que haya tocado el (que consideráis como) cabeza de cartel y tengáis los pies palpitando, de verdad os lo digo, aguantad hasta el final del festival, porque los mejores momentos se suelen dar en las horas golfas de la noche, cuando el Psych Fest programa auténticos bombazos y maravillosos descubrimientos. Y así fue también con L’Éclair. La formación ginebresa, liderada por los hermanos Yavor y Stefan Lilov, sirven un sonido neodisco que bebe tanto del synth de los ochentas como del funk y del sonido blaxplotation: una mixtura que sonaba a guateque galáctico, a fiesta (perdí la cuenta de las veces que Stefan se acercó al público a pedirles que se uniesen al baile) y a vitalidad. Quizá les faltó un poco de rotundidad con respecto al concierto que les había precedido; pero, en cuanto a influencias, las de L’Éclair no les va a la zaga en cuanto a fuentes: afrobeat, kraut, soul, funk… you name it! Si los pincháis en vuestra próxima fiesta será un éxito seguro.

Barcelona Psych Fest (Foto: Meritxell Rosell)

En definitiva, el Psych Fest volvió a demostrar que la autogestión, el cuidado de los detalles y una programación pensada son la base fundamental para un festival que colma todos los sentidos. Desde los fantásticos visuales (que no se nos olvide la parte visual, fundamental para conseguir el ambiente adecuado en cada uno de los bolos) hasta las instalaciones y la comodidad del público. Desde aquí esperamos ya con fruición el cartel del próximo año.

 

Escrito por

Lletraferit i ajuntalletres. Físic de titulació que exerceix (poc) en una editorial de gènere fantàstic. Vaig caure en un calder de britpop ja de grandet i des d'aleshores li dono a tots els pals de l'indie i més enllà. Flamenquet lover. Sé ballar sevillanes. Al meu epitafi posarà “Aquesta nit no anava a sortir”. Common people like you.

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