Un ciclón, un tsunami, un tornado. Algo así es lo que aconteció el jueves 17 de octubre de 2024 en un Paral·lel 62 que agotó las entradas. A las diez en punto de la noche el norteamericano John Maus se acercó al ordenador portátil del centro del escenario y activó el primer tema musical. Lo que aconteció a continuación fue un frenesí de movimientos espasmódicos, un despliegue emotivo de recursos vocales rotundamente amplificados. En poco menos de una hora el show extático de John Maus había concluído. El nivel de intensidad del directo no podía durar mucho más. Su concierto fue una performance fulgurante, una interpretación extremadamente gestual de un conjunto de canciones brillantes.

Más allá de la fascinación o el rechazo que pueda generar el hecho de ver durante una hora a sólo una persona en el escenario, repitiendo movimientos hiperactivamente como un muñeco Duracell, el gran atractivo de John Maus es su capacidad para crear canciones que irradian emoción. Sin duda ese fue el verdadero reclamo de la noche, escuchar en directo temas que elevan el pop de sintetizadores a cotas extremas. Melodías excelsas debidamente acompañadas de ritmos electrónicos recordaron los años ochenta sin nostalgia, concretando un sonido contemporáneo que conecta con un público intergeneracional.

Desde el minuto uno, el que fuera teclista de Ariel Pink y Panda Bear desplegó con destreza lo que él mismo denomina “cuerpo histérico”, un recurso de interpretación escénica que supone combatir, erráticamente, contra la necesidad de actuar en directo. En consecuencia su camisa azul inicialmente impoluta quedó sudada hasta lo indecible. Y todo ello para acompañar físicamente el sonido de ‘Castles in the Grave’, ‘Quantum Leap’, ‘… And the Rain’, ‘Streetlight’ y ‘Dumpster Baby’, canciones con ademanes góticos despojados de atrezzo. Revisitando sus dos grandes discos –We Must Become the Pitiless Censors of Ourselves (2011) y Screen Memories (2017)– el de Minnesota encadenó todos los temas sin pausa alguna, haciendo caso al título de otra de sus joyas, ‘Keep Pushing On’.

‘Touchdown’ –título relativo al momento culminante del fútbol americano– nos recordó que Maus representa algo muy yankee, y no sólo en relación al controvertido asalto al Capitolio de 2021. Cierto deje testosterónico más o menos relativo al deporte profesional masculino asomó a lo largo de toda la noche. Golpeándose el propio pecho como hacen los jugadores de la NBA al celebrar una acción, simulando un combate de boxeo con un adversario inexistente o corriendo en círculos como un atleta desesperado, Maus se desfondó mientras emitía gritos primitivos y levantaba los brazos cual tenor operístico. Todo por el bien de la música.

‘Bennington’ fue bailada y coreada como la que más. Otras tensionaron lo festivo con lo mortuorio. Si en ‘Cop Killer’ sugiere que ”esta noche, matemos a los policías”–, en ‘Pets’ afirma sin empatía que ”tus animales domésticos van a morir”. Letras incómodas que recuerdan el carácter efímero de la existencia. El carácter más pausado e introspectivo de su repertorio no hizo acto de presencia. Tampoco se echó en falta. Tras una brevísima pausa, ‘Believer’ dio por finalizado el concierto. “They call me the believer. And I’m not coming back” fueron los versos que sonaron en espiral para concluir un directo para recordar, un visto y no visto que dejó innumerables sonrisas entre la audiencia.

Minutos antes la cantante ibicenca SOFIA había amenizado la sala con un directo de synthpop que finalizó con ‘Decir Adiós’, una canción contagiosa de pop electrónico que conjuga la candidez de buena parte del catálogo de Elefant con la sonoridad de algunos compañeros de sello –su discográfica Humo Internacional lo es también de Fasenuova–. Todo ello con un desparpajo insultante.