El festival con mayor tasa de generación de endorfinas por bolo cuadrado de la ciudad ha experimentado este año con el cambio de formato. Al igual que el Psych Fest parece ensancharse hacia salas amigas, el festival de la gamba rockera ha jugado este año a celebrar unas 24 horas (mira, como las de hockey patines que celebraba el equipo decano de este deporte en mi ciudad natal) que, según fuentes consultadas (gracias, Luis y Anabel), intenta adaptarse al relevo generacional: acumular la tralla para cuerpos (y bolsillos) más jóvenes en un solo día. Pero vaya día: matinal en la sala Meteoro, vermut en el bar gaditano La Chana, horario de tarde en el Paral·lel Club y vuelta a los orígenes, la Upload, para la traca final. Y menuda traca. Nosotros, que ya andamos ya por el tercer cuartil pero con intención de alcanzar un valor atípico que reviente la escala por arriba, llegamos ya con el sol bajo el horizonte para disfrutar del debut en la ciudad de los valencianos Aurora Roja.

A pesar del bagaje adquirido en las filas de agrupaciones tan queridas como Futuro Terror, Típex y Perdón Por Todo, y en sellos tan iconoclastas como Flexidiscos, Paula Guillén, Jose Pazos y Óscar Flexi confesaron estar nerviosos ante el tercer concierto de su incipiente carrera. ¿Puede que hablase la inseguridad, o el perfeccionismo, en el rodaje, en esa incertidumbre de no tener claro si se ha llegado al sonido definitivo? Sea como fuere, es todo un honor presenciar ese rodaje: un directo con aristas y puntas, que sonó a belleza tosca, a gema por tallar o esa pepita de oro que brilla en el lecho del río. ¿Y quién dice que la belleza tiene que ser pulida y perfecta? Ahí están, por ejemplo, ‘Rat Penat’, un garaje desaliñado que nos recuerda que pop viene de popular, de arte democrático, al alcance de toda aquella persona que quiera echarle ganas; o ‘Aurora roja’, el tema y álbum debut con título de novela piobarojiana (‘Aurora roja’, Humo Internacional, 11 de septiembre del 2025, justo dos días antes), más cercana al indie de guitarras de nuestros queridísimos Yo La Tengo.

En contraposición a estos temas, el twee pop tuvo mucho peso en el repertorio. ‘Buenas noches’, quizá el mejor ejemplo en la búsqueda de la prosodia entre la lírica precisa y las armonías de ensueño. Pop de guitarras agudas, toneladas de reverb, mano firme, la mezcla de las voces de Paula y de Jose, como el aceite y el vinagre de un buen aliño, algunas gotitas de noise que aderezaban el twee para no empalagar y una versión de Big Boys ayudaron a firmar un bolo («¡Este ha sido nuestro mejor concierto, recordadlo!») que a pesar, o precisamente, por algunas imperfecciones dejó un muy agradable sabor de boca.

Los madrileños Error 97 tomaron el relevo de los valencianos. A mí me gustaría resumir su bolo como: Punk. ¿Punk en estado puro? Naaah, porque el punk es por naturaleza bastardo, urgente, rabioso; ese es el espíritu con el que la banda se presentó: energía, descaro, actitud, presencia escénica y trallazos con el corazón y las entrañas a tumba abierta. Pero lo mejor se percibía tras la primera impresión: el virtuosismo currado con horas e ilusión. Era toda una gozada fijarse en los detalles, en el dominio y el gozo con el que Sara al bajo, Álvaro y Gonzalo a la guitarra, y Nicolás a las baquetas (mención especial a la elegancia y voluptuosidad de la batería) destilaban. Más que sumar, los cuatro amigos multiplicaban la función instrumental en pos del mensaje: la angustia en la construcción de una identidad amenazada por el monstruo parasitario de la sociedad occidental. Una angustia vigente, pero permanente y convenientemente anestesiadas, que necesita ser recordada, escupida y gritada; canciones para despabilar conciencias narcotizadas, para recordar que sí, que una vez también fuimos inconformistas e imprimir ni que sea una chispa de esperanza. Ojalá la interpelación de ‘Poder juvenil’ haya servido para eso.

(Y sí, son muy jóvenes, que, en principio, es un dato irrelevante; pero echad cuentas del curro y los bolos que se han echado a sus espaldas a lo largo de cinco años para alcanzar semejante maestría. Chapeau!) Rabia, sí, pero también hubo ternura, y mucha. Si el arranque fue un puñetazo eléctrico sobre las tablas (‘Ni puto caso’), la ternura (a pesar de que Álvaro comentase con sorna que “somos unos llorones”) se cuela en hermosas baladas electrificadas como ‘En punto muerto’, preñadas de la tensión y la urgencia de las heridas frescas de la juventud; o, ya en el tramo final, ‘Lo que antes me gustaba (y ahora odio…)’, que remite inmediatamente a bandas del nuevo rock madrileño como Carolina Durante. Melodías de estructura clásica que salpicaron un repertorio con ramalazos espídicos (como los Green Day cuando eran buenos) de la talla de ‘Nunca te vayas de Madrid’ o la más reciente ‘Todo pasa’. Y si no las conciencias, las zapatillas se despertaron en pogos llenos de risas y energía (y una camiseta del Rayo que vislumbró Gonzalo entre el público) a partir de (juraría que) ‘Consuelo emocional’, pero aquí ya estaba yo inmerso en el ambiente festivo de un bolo que merecen (merecemos) revivir muchas veces en el futuro. Cuanto menos, fue un chute de energía para aguantar hasta las 6 de la mañana (los que aguantasen, como decía Álvaro, que esperamos disfrutase junto a sus compis de banda de la noche gambitera).

Mira que había ganas de ver a una de las cabezas indiscutibles del cartel, pero el concierto de L.A. WITCH fue tan plano e insulso que, con ‘Lost at Sea’, nos perdió a nosotros, que nos fuimos a buscar algo de comer y a disfrutar de la locura del Riot Karaoke, the place to be donde había que estar en ese momento para vivir el espíritu del festival. Y os juro que me sabe fatal, porque había ganas, porque ‘DOGGOD’ (Suicide Squeeze, 2015) es un discazo, porque su música es vibrante, inteligente y estimulante, y el talento que corre por sus venas, innegable. Y peor aún nos supo cuando nos contaron que en la gira anterior avasallaron y reventaron las cabezas de nuestras amistades, pero ni los problemas de sonido ni de monitores pueden explicar la apatía que se adueñó del espacio, tanto sobre las tablas como entre el público (que sudaba de todo y se dedicó a la vida social), y contra la que Sade Sanchez luchó y porfió sin acabar de enderezar el bolo. A la vuelta aún pudimos adivinar la melancolía en la hermosa ‘Baby in Blue Jeans’ y el fuzz delicado de ‘Get Lost’, cortes de su album debut homónimo, que, cuanto menos, ayudaron a aliviar las flojas sensaciones iniciales.

Justo lo contrario pasó con Crocodiles, que avasallaron con un set que parecía no tener (y ojalá no lo hubiera tenido) fin, dejando a su paso un rastro de zapatillas quemadas y charcos de sudor. Y una bandera palestina que colgaron como muestra de solidaridad sin necesidad de hacer comentarios. Se mostraron pletóricos, inagotables, divertidos, expansivos; Brandon Welchez estuvo parlanchín, arengando al público en un perfecto chicano, y Charles Rowell disparaba a discreción riffs al frente y escupitajos al cielo. Sin tregua y sin compasión, discurrieron por el lado más salvaje y canalla de su discografía, con la sana y perversa intención de incitar a fraternales y sororales pogos. El garage, la psicodelia, el noise, el pop y el surf se fusionaron de una forma tan intensa e hipnótica que quien escribe estas líneas dejó el móvil en el bolsillo y se dedicó a absorber el concierto con el recuerdo; después, claro, lamentó no tomar notas, pero bueno, aquí viene el ejercicio de la memoria. Y lo que recuerdo más claramente es haber estado sonriendo de principio a fin, en un estado de alegría pura, y ver a un público y una banda entregadas en perfecta comunión. Pero sí, por supuesto, entre las canciones que venían a presentar de ‘Upside Down in Heaven’ (Lolipop, 2003), como el clásico instantáneo ‘Love Beyond the Grave’, ‘Surfing with Dead’ o la jocosa ‘Rock’n’Roll Graveyard’) sonaron hitazos tan reconocibles e ineludibles como ‘Sunday’, ‘Mirrors’, ‘Sleep Forever’ (del maravilloso disco homónimo), uno tras otro, pim pam, sin descanso, puro jolgorio y rock’n’roll, para cerrar con la versión macarra del ‘Jet Boy, Jet Girl’, de Elton Motello. Si existe un espíritu gambitero es este. La gamba no podía estar más en su salsa.

He de reconocer que nunca he sido un fan del hard ni del metal (un poco del hardcore sí), pero si hay un género underground y de clara tradición proletaria sin duda es este. Y sí, a Children Of Finland Fightin In Norway, a.k.a. C.O.F.F.I.N., la lucha y el compromiso les corre por las venas: tan solo hay que atender a las letras y ver su actitud combativa sobre las tablas. Por eso, choca que la rabia se canalice de forma equívoca en mosh pits violentos incitados por los dos o tres gilipollas de turno que acaban desvirtuando un ambiente comunal. Uno es más de pogos amables, ya veis, pero cómo tuvo que ser la cosa que Ben Portnoy paró un par de veces para pedir calma en la pista, urgir a dejarse de malos rollos y recordar que a la Upload se va a a pasar un buen rato.

Mucho más pesados que en surco, el bolo sonó metálico, hiriente, diría que incluso grosero, olvidando cualquier producción y masterización, y sin espacio para los matices: todas las frecuencias sonaban engurruñadas, y la voz de Portnoy (imponente su presencia en el proscenio, aporreando la batería como un vikingo de los mares del Sur), ya de por sí ruda y áspera, embarrada. A próposito, eso nos quedó claro. Pero la actitud y la diversión (diría que era Laurence Adams quien llevaba el rostro pintado al más puro estilo glam) estaban muy por delante de cualquier virtuosismo. Aquí se venía a gritar, a descargar energía, a vibrar. Y, en ese aspecto, la banda cumplió con creces. Y el mensaje, por supuesto, no nos olvidemos: no tan solo se recordó el genocidio en Palestina, sino el que se ha llevado sistemáticamente a cabo en Australia contra las Primeras Naciones desde que el Hombre Blanco™ desembarcó en aquellas costas (desde aquí un caluroso agradecimiento a nuestro amigo Roger Estrada, quien aguantó estoicamente al pie del cañón, por la información sobre el speech de Portnoy).

Así acabamos otra edición del Gambeat, un festival y un espacio de los pocos que quedan en la ciudad para disfrutar de un underground auténtico, que pesca en el caladero que obvian otros festivales más tochos y a quienes hay que agradecer la ilusión puesta en el proyecto y la posibilidad de disfrutar de grandes nuevas bandas junto a nombres para gourmets más veraniegos que primaverales. Así pues, ¡larga vida a la reina gamba!
