Gambeat Weekend Sábado (Upload, 14/09/24)

The Gories (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)
The Gories (Foto: Meritxell Rosell)
The Gories (Foto: Meritxell Rosell)
Los Yolos (Foto: Meritxell Rosell)
Los Yolos (Foto: Meritxell Rosell)
Los Yolos (Foto: Meritxell Rosell)
Los Yolos (Foto: Meritxell Rosell)

La cancelación a última hora de los angelinos Meatbodies por el fallecimiento de un familiar de la banda propició que la jornada del sábado la abriese Los Yolos, la estimulante banda del Raval cuyos discos no hacen suficiente justicia a su directo: un directo magnético donde esas canciones toman vida propia en cuerpos eléctricos, sintéticos (“Sintético”) y transgresores; letras que retuercen la métrica y la prosodía en versos heterodoxos que, aún así, encajan a la perfección en la estructura. Canciones que, con semejantes mimbres, parecerían estrambóticas si no reluciesen con ese halo de sinceridad, a caballo entre el synth-pop, el post-punk más clásico y el art-pop ochentero, tal cual como si nos hubiésemos colado por una puerta dimensional y estuviésemos de vuelta en el plató de Tocata con unos Simple Minds (de la época Empires and Dance) puestos hasta las cejas de ácido.

Los Yolos (Foto: Meritxell Rosell)

Y si bien el grupo llenaba con su presencia el escenario, Raúl era quien atrapaba la atención con esa actitud de quien no tiene miedo de experimentar para exponer el alma a tumba abierta, sin miedo a llegar más lejos y, a su vez, más cerca del público, ya sea en este plano o en otro más astral o psicotrópico. Sus idas y venidas por el escenario retorciéndose, buscando el contacto, maltratando micro y pie de micro, volcado en la expresividad, junto a la pegada plástica de la banda dieron como resultado un espectáculo expansivo, de atmósfera amplia, tensa y hasta un punto peligrosa, que tan pronto sonaba luminosa como se acercaba al abismo de la dark wave. La apertura con “Cool World” ya prometía que iba a ser un concierto muy diferente, uno en el que la interacción con el público iba a resultar determinante. “Tratar de descansar” destiló rabia, y un poco más allá, “Carita de luna” se desliza en terrenos sensuales. “Controlo” supuró peligro, “Bruja mecánica” una letra desgarradora, y “El peso del tiempo” cerró con un clímax que aún debe estar reverberando en el Poble Espanyol.

Alvilda (Foto: Meritxell Rosell)

A continuación, la banda parisina Alvilda se encargó de reconfortar el ambiente del Gambeat con un power pop luminoso, amable y pegadizo, que encandiló al público hasta el punto de tuvieron que improvisar un bis repitiendo, por petición popular, “Negatif” (con la que habían iniciado el concierto) porque ya habían agotado todo su repertorio, compuesto por el EP de debut Négatif y el LP C’est déjà l’heure, que publicará Static Shock el próximo mes de octubre. Entre la apertura (la pegadiza “Negatif” y la tierna “Demain”) y el cierre (“Kylie” y “Cinema”, más la canción homónima que homenajea a mítica pirata escandinava del siglo v Alvilda), Nina, Mel, Eva y Sandra presentaron las canciones del futuro disco: sonido upbeat de brillo crudo y metálico, con esa textura deslavazada heredera del punk, enhebrada con melodías prístinas a medio camino entre el soul de los sesentas y el college indie de los noventa. En la sección rítmica, el bajo Eva impulsaba las canciones con precisión metronómica, velocidad de virtuosa, garra y elegancia, mientras la batería de Sandra respaldaba el movimiento con aparente sencillez. Vitalidad, armonías alegres, guitarrazos y solos sucios para dejarse llevar por la alegría y la diversión.

The Peawees (Foto: Meritxell Rosell)

Con los italianos The Peawees llegó el sónido más nítido del festival (hubiese dicho el más contundente, pero eso fue antes del concierto de The Gories) y también el espectáculo, tanto encima como debajo del escenario. Los de La Spezia salieron con la caballería por delante y con una declaración de intenciones muy clara: no tomar prisioneros. Dirigieron la mirada al pasado para asegurarse de caldear bien el ambiente con un póker de clásicos (“Ready to Go”, “Christine”, “Memories Are Gone”, “Don’t Look Back” y “Wild About You”) antes de meterse en harina con los temas del recién sacado del horno One Ride (Wild Honey). Y no es que los nuevos temas desmereciesen el repertorio, aunque bien es cierto que el recital, al buscar la comunión más rockera y la espectacularidad en la ejecución, fue más bien plano y escaso de matices (si excluímos el bis con “You’ll Never Be Mine Again”, defendida en sus primeras estrofas a solas por Hervé Peroncini y una guitarra bien preñada de delays). Pero eso no fue ningún inconveniente para que se celebrase una ceremonia comunitaria en la que no faltaron birras volando por la sala, espontáneas cantando a dúo con Hervé Peroncini, covers espídicos de Bo Diddley y The Crystals (el legado soul del rock’n’roll), bajistas haciendo crowdsurfing, bailes, saltos, sudor y diversión a raudales.

The Gories (Foto: Meritxell Rosell)

Con The Gories pasamos del sonido prístino de The Peawees a uno sucio, agreste, crudo, telúrico, distorsionado y galvanizante a partir de un equipo espartano (bombo y caja con pandereta y dos guitarras) y un espíritu garage punk que hunde sus raíces en el soul, el blues y el góspel. Tantas y tantas bandas han bebido de la influencia de The Gories que verlos en acción fue como asomarse a una puerta dimensional y zambullirse en las revueltas aguas del blues del Misisipí, el sonido Motown, la experimentación de The Factory de Andy Warhol y The Velvet Underground y la descarada escena punk del entorno CBGB: todo un crisol de influencias, en ambos sentidos (mirando al pasado y proyectando hacia el futuro), forjado en apenas tres años de carrera y que se gozó con fruición. Con Mike Collins y Dan Kroha a la distorsión, y Peg O’Neill emulando a Moe Tucker, The Gories desgranaron su repertorio seminal en apenas una hora preñada de versos rasgados, guitarras aceradas, ritmo acelerado y un sonido expansivo cuya factura asombra por toda la sabiduría contenida en trallazos de dos minutos. Canciones como “Hey, Hey, We Are the Gories”, “Stranded”, “Goin’ to the River” y “I Think I’ve Had it” se enrocaron en feroces y viscerales bacanales eléctricas y patrones repetitivos; nos obsequiaron con un “You Don’t Love Me” con Dan acoplando de forma salvaje la armónica al amplificador, y, si la memoria no me falla, la bomba de relojería de “Nitroglycerine” nos dejaron con los tímpanos tiritando, la sed de garage saciada y la sensación de haber asistido a un momento memorable, un cachito de historia de la música popular poco reivindicado.

The Gories (Foto: Meritxell Rosell)

Ese fue el momento en el que la Reina Gamba nos volvió a guiñar con sus ojitos de láser para recordarnos que, el año que viene, tenemos una nueva cita. Allí nos vemos de nuevo.

 

*Recupera aquí también la crónica de la primera jornada del Gambeat Weekend 2024.

Escrito por

Lletraferit i ajuntalletres. Físic de titulació que exerceix (poc) en una editorial de gènere fantàstic. Vaig caure en un calder de britpop ja de grandet i des d'aleshores li dono a tots els pals de l'indie i més enllà. Flamenquet lover. Sé ballar sevillanes. Al meu epitafi posarà “Aquesta nit no anava a sortir”. Common people like you.

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