El tiempo se nos escurre entre los dedos de manera inapelable y vertiginosa. Parece que fue ayer que estábamos celebrando el hecho que tres jóvenes emprendedores empezaban un proyecto que rezumaba pasión y conocimiento de causa convirtiendo en sala de baile y de conciertos lo que había sido un antiguo teatro de marionetas en el Poble Espanyol.
Diez años más tarde podemos afirmar que David Marzo, Jordi Aizcorbe y Víctor Asensio han convertido la Sala Upload en un verdadero templo de los amantes del rock, garage, punk, psicodelia, ritmos sixties y similares, dónde encuentran una programación de conciertos rica, diversa y atenta tanto a los grupos internacionales emergentes como a bandas ya más consolidadas de dichas escenas. Hablar de Upload es hablar de pasión, buenas vibraciones y sentimiento de comunidad. Como esos estadios de fútbol al estilo de Anfield Road dónde el aura del lugar eleva las acciones de los protagonistas en el terreno de juego, me cuesta recordar un concierto en nuestra sala favorita de Barcelona en que la audiencia no haya encendido el ambiente a base de puños al cielo, air guitar, pogos, bailes eléctricos, stage divings infernales y demás muestras de algarabía que han ido escribiendo la historia del lugar y creando una identidad que muy pocas salas de la ciudad han llegado a conseguir.

Para cerrar la celebración de tan sonada onomástica afrontábamos un doble cartel de lujo que podría definir a la perfección el espíritu del que antes hablábamos, reivindicando dos bandas jóvenes con enorme proyección que manejan sonidos añejos de esos que tanto nos fascinan.
Hacía ya tiempo que no nos visitaban The Mystery Lights, esa banda originaria de Nueva York de directos incendiarios que nos atrapan a ritmo de garage rock perpetrado bajo el influjo de los hermanos Davies, nos hipnotizan a base de psicodelia con la mirada puesta en el Rey Lagarto y nos enervan con la energía punk seminal que beben directamente de los Damned. Un uno fijo en la quiniela, vamos.
En esta ocasión llegaban para presentarnos su tercer larga duración, “Purgatory”, publicado a mediados de 2024 y que supone la confirmación de que el combo liderado por Mike Brandon y Luis “L.A.” Solano son una de las bandas más en forma de la escena garage punk americana. Con un set list basado en dicha obra -que tocaron en su totalidad- con alguna pincelada de sus dos anteriores trabajos, los estadounidenses nos dieron lo que nos esperábamos, una auténtica exhibición de high energy garage rock ejecutada entre brincos, contorsiones y sudorosas poses que nos hicieron revivir los 60’s y principios de los 70’s desde una nueva y revitalizada perspectiva.
Cabe destacar que para cerrar la sesión, después de atacar con furia el ya clásico, “I’m So Tired (Of Living in the City)”, subió a escena Teddy Solano, manager de la banda -y primo del guitarra Luis “L.A.”- para agarrar el micrófono y escupirnos a la cara una catártica versión del “Demolición” de Los Saicos en el que reinó el caos y la emoción entre una audiencia empapada de felicidad, cerveza y sudor.

Tras unos minutos dedicados al sosiego y a recuperar fuerzas, se estrenaban en nuestra ciudad -y nuestro país- los irlandeses Gurriers, una banda que antes de publicar “Come And See”, su notable primer disco en septiembre del año pasado ya se habían fraguado un nombre a base de mostrar de lo que eran capaces en salas de su país y el Reino Unido habiendo llegado a telonear a bandas como Goat Girl, The Altered Hours o Sprints.
Salen a escena y desde las primeras notas de “Nausea” podemos comprobar que van a por todas. Emmet White, Ben O’Neill, Mark MacCormack y Pierce Callaghan ejecutan cada nota como si fuera la última y Dan Hoff lidera el cotarro haciendo de hilo conductor entre una audiencia enloquecida y el grupo. Su post-punk/noise/rock se nos clava en el cerebro y abrazamos literalmente las idas y venidas de los diversos integrantes de la banda con diversas excursiones de Hoff y White entre y sobre la gran masa acabando de exprimir la emoción de los allí presentes. Los dublineses generan ese tipo de atmósfera con la que nos llegaron a atrapar Fontaines DC, Amyl and The Sniffers, Idles, Squid o Shame la primera vez que les pudimos disfrutar en sala pequeña y canciones como “Top Of The Bill”, “Sign Of The Times” o la apoteósica “Come And See” con la que cerraron el show forman ya parte de nuestro imaginario sonoro al que recurrir esos días en los que necesitamos estímulos de alto gramaje.
Con la satisfacción de haber podido disfrutar de un doble cartel que recordaremos con una sonrisa en los labios con el paso de los años, volvemos para casa agradeciendo que exista en nuestra ciudad un auténtico paraíso para los melómanos como la Sala Upload y deseando celebrar un montón de aniversarios más de estos que tan sólo ellos pueden organizar. ¡Larga vida, amigos!